16 sept. 2010

En la penumbra de un corazón



Y todo sucedió tan repentinamente, cerré mis ojos ante la expectativa de encontrar una salida a esta pesadilla, y no pensé ni miré nada más. En el rincón de un cuarto oscuro me encontraba acurrucada en medio de sollozos y crueles consuelos porque mi tristeza no se detenía, era como un llanto amargo que inundó todos los recónditos sitios de mi ser. Y la luna bañaba de melancolía mi infeliz figura tratando de sosegar la pena que había invadido perspicazmente las cuatro paredes de aquella habitación oscura y hostil.

La soledad recorrió mi cuerpo inerte en aquel escenario lúgubre, menguando las sonrisas que alguna vez existieron en mi triste rostro invadido de angustia y temor. Mi estrepitoso llanto se encontraba en ese momento en un instante de silencio sepulcral donde las funestas aguas recorrían mi patético corazón en busca de las flores más hermosas que ahora yacen sepultadas en la profundidad de una fría tierra nunca antes explorada.

Y la pena sucumbió con asombro los restos de un corazón convertido en pedazos de sueños rotos. La presencia silenciosa de una ilusión llena de inquietudes y dudas hizo zozobrar mi alma en medio de un mar de tormento y pena. Repentinamente, la puerta de aquél cuarto, que parecía una horrible pesadilla, se abrió estremeciendo cada rincón de mi frío cuerpo. Mi rostro palideció al mirar la figura decadente que entraba con peculiar firmeza dentro de la habitación; caminó titubeante hacía mí y en mi mente se formó una nube de pensamientos y la angustia fue desvaneciéndose conforme la misteriosa presencia se acercaba. Cerré mis ojos, porque el miedo invadió todo mi ser y los cubrí con mis pálidas y temblorosas manos.

Cuando estuvo a unos pasos de mi, el miedo se fue y maravillosamente pude mirar a través de esa oscuridad lo que la figura representaba. Al abrir mis ojos, la perplejidad sumergió de dudas mis sentimientos. Aquella figura resplandecía con un brillo de gran esplendor, emanaba desde su interior una paz y tranquilidad única y especial. De pronto, miré con más detalle y aquel cuarto oscuro se iluminó fantásticamente al mirar el dulce rostro de aquella figura y mi corazón estalló de alegría porque aquella faz de inmenso sosiego era yo misma reflejada en un espejo luminoso.

Y las cadenas que me ataban a la oscura soledad se rompieron en cientos de pedazos. Y con un abrazo fuerte mi luz y oscuridad se unieron y con mis manos entrelazadas con las suyas, salimos del funesto cuarto de angustia, terror y soledad.


Ethain

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