13 sept. 2010

Danza fúnebre



En el bosque se erigen los gruesos árboles de madera sólida e inquebrantable corteza que, por sí mismos, forman una hermosa danza de mantos fúnebres que idolatran la vida eterna. Se miran entre ellos, pero no lloran ni ríen, sólo amedrentan al más pequeño ser del bosque con su enorme tamaño y bailan al compás de una melodía creada por ellos mismos en un intento desesperado por salir de su propia tortura. Todas las hermosas criaturas del bosque los miran con asombro y desdén, pero existe entre todas ellas, una criatura especial, que es la más pequeña y temerosa, que se esconde entre la maleza para mirar la danza con admiración, tratando de imitar el baile al son de aquella canción fúnebre y gris. Sin embargo, aquella pequeña criatura mientras alababa a los árboles con reverencias vanas e impuras, invocaba las palabras escritas en sus duras cortezas y fue olvidándose de sí misma y de todo lo grande que algún día fue.

De pronto, el bosque se oscureció y todos corrieron a esconderse, excepto los enormes robles que seguían bailando en una fiesta de ilusiones pútridas, envenenando con sus palabras a todo aquel que los escuchara. Y apareció en el cielo un enorme eclipse cuya oscuridad envició a aquellos árboles haciendo que se olvidaran de su verdadera naturaleza, envileciéndose en el intento de alcanzar semejante poder. Ese fue el comienzo de una batalla por una oscuridad única que protege al poder del vuelo y a la luz inmensa de donde proviene todo lo existente, y que ha sido siempre la canción del universo. Y los falsos árboles iniciaron una guerra por obtener una oscuridad que gobernara y sometiera a todos, envolviéndolos en caos y destrucción, incluyéndose a sí mismos por no poder comprender el verdadero significado de aquella oscuridad tan terrible y de todo lo que depende tan enorme poder.

Entonces se escuchó una voz en el cielo cuando todo era caos, el orden casi se extingue y la esperanza de la criatura más pequeña comenzaba a desaparecer; todo se sacudió con un estruendo que provenía del eclipse solar y la voz se dirigió hacia la única criatura que podía entender la inmensa oscuridad, y, con palabras terribles e implorando que entendieran algún día, dijo:


“¡ Que rían, que rían más!
 No saben quienes son, perdidos en la niebla se sientan en la tierra;
detienen su andar, no saben a donde ir.
Cuando vienen las tormentas, duermen en el pasto húmedo y frío. 
No soportan la oscuridad, quieren mirar siempre luz.
Son la vergüenza de las criaturas del bosque,
siempre quieren reír y que haya fiesta,
mientras en sus corazones no se acaba la tormenta.
¡ Que venga, que venga la tormenta y todas sus catástrofes!
A todos aquellos que el espejo no soportan mirar.
¡ Que vengan, que vengan los truenos!
Y que caigan en las arenas de los corazones de todos aquellos que no quieren eclipsar.
 ¡ A todos aquellos que tienen miedo de su propia oscuridad y luz!
¡ Porque no pelean, no luchan, en el bosque,
sentados en medio de la niebla estarán!”

Ethain

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